La filosofía Yamaha en sus motocicletas de competición

En los años 60 del pasado siglo, Yamaha y otros fabricantes japoneses desembarcaron en el mundial de motociclismo. Esto hizo que el rendimiento de todas las motocicletas involucradas en el mundial subiera espectacularmente, y obviamente en la carrera tecnológica por tener la máquina más competitiva primaba tener el motor más potente.

En una época donde la única limitación reglamentaria era la que fijaba el límite de cilindrada para cada categoría, para conseguir más potencia se necesitaban conseguir más revoluciones del motor. Para conseguirlo hacían falta pistones más pequeños y ligeros, lo que producía consecuentemente motores con más cilindros. Así pues, rápidamente los motores monocilíndricos que llenaban las parrillas desde los años 50 dieron paso a motores bicilíndricos, y la escalada tecnológica sobretodo en las cilindradas medias e inferiores dieron lugar a motores pluricilíndricos.

Existieron motocicletas de 125 cc con tres cilindros, e incluso casos de máquinas de 250 cc con motores de 6 u 8 cilindros. El gran problema con estas máquinas era que cuantos más cilindros y mayores revoluciones, significaba tener una banda de potencia más estrecha. Para remediar ese problema, los fabricantes aumentaron el número de marchas en la transmisión, hasta el punto de que eran frecuentes las máquinas de 50 cc con 14 marchas y las de 125 cc con 12 marchas, por poner algunos ejemplos.

 En 1966, Yamaha diseñó la RA31 de 125 cc a partir del bloque motor de la RD05 de 250 cc con motor de 4 cilindros en V. Los cálculos de los ingenieros de Yamaha fue que el nuevo motor V4 de 125 cc con un cambio de 11 velocidades conseguiría una potencia de 39 cv a 16000 rpm.

Lo que ocurrió poco después en las pruebas de la RA31 fue que los pilotos se quejaban de que a menudo no sabían realmente en que marcha estaban cuando marchaban a altas velocidades, lo que hizo pensar a los ingenieros cuantas velocidades serían las necesarias desde el punto de vista del piloto si el rendimiento del motor no fuera un factor clave. Plantearon cuántas marchas se necesitaban para poder conseguir un rendimiento fluido y seguro.

Ingenieros y pilotos  de Yamaha, junto con instrumental telemétrico, hicieron múltiples pruebas en diferentes circuitos descubriendo que de media en cada cambio de marcha la rueda trasera perdía motricidad durante 0,2 s. En carreras que a menudo se solventaban los tiempos por vuelta por pocas décimas, esos 0,2 s multiplicados por 20 o 30 cambios de marcha hicieron llegar a la conclusión que un cambio con menos velocidades era más efectivo y competitivo.

En sus conclusiones, Yamaha decidió que debía hacer motores con banda de utilización más amplias que permitieran menos cambios de marcha, aunque se perdieran prestaciones puras. Se rediseñó la RA31 con un nuevo cambio de 9 velocidades y una banda de potencia más ancha para el siguiente año de 1967, y ganó 10 de las 12 pruebas del mundial.

Los ingenieros de Yamaha explicaron que en realidad era más un cambio de 8 velocidades, ya que la 9ª marcha solo se empleaba como sobremarcha en largas rectas en descenso. Al contar solo con 8 marchas frente a las 12 o 14 de la competencia, el piloto se podía concentrar más y mejor en conseguir la consistencia de tiempos por vuelta. El piloto está en alta tensión durante los 45 minutos de media que suele durar una carrera, y tener un error puede ocurrir en cualquier momento, por ello el tener que efectuar menos cambios de marcha coloca al piloto en una posición más segura y aumentaba sus posibilidades de ganar.

Según Yamaha, no importa cuán impresionante pueda ser el rendimiento de la máquina, tiene que ser el ser humano que la conduce el que gobierne ese rendimiento en carrera. El rendimiento que el piloto no puede manejar no tiene sentido. La esencia de la ingeniería de Yamaha por lo tanto es la unidad piloto-máquina.

Con la RA31, Yamaha comprendió lo fundamental que es construir motocicletas amigables con el piloto para tener una segura conducción y conseguir óptimos resultados. Esta premisa se convirtió en seña de identidad en la filosofía de Yamaha a la hora de diseñar y construir sus motocicletas.

 

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